Introducción

 Presentación copy

(Ilustración de Juan Antonio Canel Cabrera).

(Parte 1)

El Trompabulario chapín

Por Juan Antonio Canel Cabrera

Presentación

Mi niñez transcurrió en un medio portentoso para las palabras. Me fascinó escuchar cómo mi madre nombraba de una manera a las cosas y mis abuelos de otra. Me cautivó esa mini Babel. Mi asombro derivó porque era una maravilla nominar a los objetos de diversas maneras. Por eso, diríase que tuve una infancia estereofónica; por un lado escuchando un discurso en español y, por otro, uno kaqchiquel que lo subvertía. O al revés. Allí, en esa casa donde mis ojos y mi lengua alimentaron mi inocencia, convivieron, en el territorio del idioma, formas dialectales, idiolectos, ecolectos y jergas de los oficios de mis abuelos y mis tíos. Crecí, pues, en un bosque de palabras; todas eran preciosas: matizaban las cosas con el sentir de los hablantes. Y ese discurrir de los idiomas y sus derivados, de alguna manera reproducía las añejas luchas coloniales que se libraron en los siglos XV y XVI en estas tierras que, paradójicamente, coincidirían con el Siglo de Oro español. Ese aspecto lo remarcaba el apellido Cabrera, de mi madre, que según se cuenta venía rodando desde la remota Galicia, en la pubertaad de los siglos de nuestra era.

Mi mamá, desde el feudo de su vocabulario, hablaba un español que repelía lo indígena como un niño abomina una campaña de vacunación. No era un español culto pero fue suficiente para dotar de significado a las cosas. Cuando discutía con mi papá y quería cerrar el altercado, como restándole validez a sus razones, le decía: «indio tenía que ser». Sin embargo, más que aversión a lo kaqchiquel, creo, se debió a que mi familia paterna, sobre todo mis abuelos, en un principio no le pasaron mucha chibola, precisamente, por su ladinidad. No estuvieron de acuerdo con que mi papá se casara con una ladina. Y esa pugna, eco de las primigenias que se vivieron a la llegada de los españoles a América, los hacía inflexibles.

Mis abuelos, con su kaqchiquel enraizado bajo los anacates[1] de San Juan Sacatepéquez, hablaron un lenguaje que, a pesar de los pesares, temía contaminarse con lo que sonara a ladino; no obstante, hablaban perfectamente el castellano que, por supuesto, adaptaban a su propia sintaxis. Cuando estaban frente a mi madre conversaban en kaqchiquel como para delimitar territorios. Para mí, esa lucha sonora de los idiomas y la cultura librada entre los dos bandos fue una bendición de los hados y las hadas. Me pareció un divertido cuento en el cual los genios malos para un bando eran buenos para el otro. Las palabras, utilizadas como armas, me asombraron. Generaron los gestos y estos, a su vez, las miradas para dar lugar a una comunicación con solemnidad de celebración litúrgica. Luego, cuando ingresé a la escuela, enfrenté mi propia batalla originada por la discriminación. Y también tuve contacto con otros idiomas mayas que me maravillaron al escucharlos; sentí algo así como lo ocurrido a los españoles al llegar a nuestro territorio al constatar, según Fuentes y Guzmán: «… la gran diversidad de lenguas que hablan (los mayas), más parecen descendientes de los que se derramaron de la torre de Babilonia…» Además, comencé a darme cuenta de cómo el castellano que hablábamos en Guatemala, o la castilla como decían mis abuelos, «aludiendo al origen del castellano», como dice Carlos Lopez en Voses de Guatemala, (Pág.16), «por razones de sobrevivencia, no para transculturarse», estaba nutrido de tantos términos y sonidos mayas; después lo constaté de manera fehaciente cuando, entre otros textos, leí el de Carlos Samayoa Chinchilla: «Antes de la conquista ibera, realizada en las primeras décadas del siglo XVI, su fragosa área [de los mayas] estuvo habitada por un abigarrado mosaico de principados y señoríos aborígenes cuyos súbditos, al mezclar sus sangres y sus lenguas con las del invasor, vetearon el habla de Castilla con vocablos autóctonos, pues, como es natural, los españoles desconocían por completo los nombres de las plantas, animales, costumbres, alimentos y manifestaciones de la fonología propios de la región; siendo curioso comprobar que buena parte de esos vocablos contienen una o dos veces las sílabas cha, che, chi, cho, chu, como cholco, chacal, chalchigüite, chichigua, chichicaste y numerosos más cuyo sonido asume el de la che francesa, pudiendo decirse lo mismo o parecido ocurre con el uso frecuente de la letra X, la cual es muy utilizada en voces de posible raíz náhuatl, como lo son: tapexco, xilote, talixte, quequexque, etcétera, característica que produce en la expresión idiomática de numerosos guatemaltecos un inconfundible ceceo que recuerda, por su prosodia y exótica cadencia, el chaj, chaj, chaj de las lenguas y dialectos propios de (…) indígenas.» (Carlos Samayoa Chinchilla, Bosquejos y Narraciones, 35-36).

En el ámbito de la familia esa confrontación étnica, en los terrenos de mi niñez, la ganó mi madre. Al hacer partido con ella, el idioma castellano fue mi carta náutica. Sin embargo, el encanto, la magia y esa visión más proclive a la naturaleza de mis abuelos paternos quedó para siempre dentro de mí. Y fue en esa época adolescente en la que otra puerta se me abrió de manera abracadábrica: el habla popular y las jergas de la más variada índole. Esa nueva forma de comunicación, al principio, me turbó hasta los cimientos por mis prejuicios religiosos de entonces; no obstante, no tardó en convertirse en un modo hermoso de subvertir ese ropaje del cascarón infantil que todavía cubría ciertas áreas de mi entendimiento.

conversando

(Ilustración de Juan Antonio Canel Cabrera).

El habla popular, entendí después, es una forma del lenguaje que se niega a que el idioma envejezca y, a la vez, lo dota de un ejercicio gimnástico que va con el ritmo de la época en la cual florece; ahí confluyen los idiolectos y ecolectos que, como arenas sueltas, nos dan testimonio personalizado de las rocas lingüísticas y sociales de las cuales devienen. Se nutre de todo lo cotidiano: insultos, sexo, piropos, graffiti, hamponería, escatología, alegrías, tristezas, extranjerismos, provincianismos, lenguaje oenegero, etc. y, fundamentalmente, de la necesidad del ser humano de ser más preciso en la comunicación; de hacerse entender mejor. Sin embargo, por paradójico que parezca, es también muy conservador y mantiene como nutrientes muchas formas arcaicas que parecieran no estar dispuestas a exilarse del idioma. Esta característica de nuestra manera de hablar ya la hacía notar Antonio Batres Jáuregui, en su Vicios del lenguaje y provincialismos de Guatemala (Pág. 162), al decir: «El castellano que hablamos es muy anticuado, en voces, giros y pronunciación. Mucho de lo que pudiera tachársenos como provincial no lo es en realidad.»

El idioma, con ayuda del lenguaje, es una de esas maravillas que no cesa de enriquecerse. Y el lenguaje, como dijo Karl Vossler, «es creación espiritual, es reflejo del espíritu humano; no es sólo razón sino también emoción, fantasía y voluntad…» Lo que antes se tuvo como vulgar termina pontificado en formas cultas de hablar. O al revés. Sobre todo en el mundo moderno, tan lleno de novedades necesitadas de definirse con propiedad.

El castellano, antes de ser un idioma culto fue, en buena medida, latín popular que luego se nutrió con los aportes judíos y, sobre todo, árabes.

El kaqchiquel, previo a convertirse en idioma, fue una forma dialectal maya.

Podríamos decir que un idioma es lo popular en ascenso; es la rusticidad que se pule según el gusto de la época. En ese sentido, echa mano de préstamos a otras lenguas o calca semánticamente; Claudia Virginia Samayoa, en el apartado “El Chapín”, del libro La identidad: imaginación y olvidos, reconoce la influencia de otras culturas en los modos y hábitos de vida y, por supuesto, lingüística: «Durante el periodo de la Revolución liberal, la tendencia al afrancesamiento de la forma de vida del ladino capitalino fue tan marcada que aún permanecen los usos de neologismos franceses como boulevard, merengue, por su capacidad de consumir la moda, el perfume y los productos franceses.

»La presencia de lo que se conoce como el imperialismo alemán en Guatemala introdujo costumbres como el consumo de la cerveza y la salchicha en su dieta, además del uso de nombres propios como Álvaro, Elvia, y Rodrigo.

»Una de las influencias que mayores cambios produjo en la forma de vida del ladino capitalino es la estadounidense. El ingreso de las transnacionales a nuestro país, el proteccionismo y trato preferencial hacia los empresarios y diplomáticos norteamericanos producen un deseo de imitación en el ladino capitalino de las clases alta y media. Los medios de comunicación masiva hacen más rápida y generalizada la adopción de esos patrones culturales.

»Los restaurantes de comidas rápidas, los neologismos anglosajones, la necesidad de una educación bilingüe, los clubes sociales, el argot estadounidense (qué heavy) y el gusto musical del ladino son muestras de estas influencias.

»Otra influencia contemporánea de importancia es la mexicana. El mariachi, los valores de sus telenovelas, los tacos, etcétera.»

El idioma incorpora modismos, se conmueve por barbarismos, traga vulgarismos, jergas y se nutre del calibre. Por ejemplo, el préstamo flirtear (coquetear, «dar señales sin comprometerse», de to flirt) lo tomó del inglés: «3) la mirada de flirteo de la señorita parada a la derecha del chofer, abrazando el tubo del bus como quien dice «mire lo que le espera, papito» (Julio Serrano Echeverría, en: Revista de la Universidad de San Carlos, Universidad de San Carlos de Guatemala, abril-junio, número 20, Guatemala, 2011, Pág. 51)[2]; el modismo guanaco, se aplica como gentilicio de los ciudadanos de El Salvador; la palabra «haya» fue ofrenda propicia para el barbarismo irredento y convertida en la epéntesis[3] haiga: «—Se fue con el novio para el puerto en la creencia de que la muchacha haiga agarrado para por ái con unos sus padrinos.» (Miguel Ángel Asturias, El papa verde, 44), Carlos A. Bailón, en Tradiciones de Guatemala (No. 65, 2006, página 219), nos da este ejemplo usado por un pregonero de la lotería: «A nuestros participantes, les deseamos que haiga suerte

Y por impropio que parezca, durante mucho tiempo riñó con los académicos, sobre todo desde que —allá por 1726— se hizo la primera edición del Diccionario de la Real Academia Española; los académicos se constituyeron en crisol que purificaba el metal de las voces y erigieron la divisa de la Real Academia Española: «Limpia, fija y da esplendor» a la sin hueso. No obstante, ahora, tal institución, después de una limpia que se dio con manojos de siete montes y otras yerbas para espantar a las malas y anquilosadas vibras, ha recibido aires renovadores; aunque a regañadientes, se atrevió a incorporar muchos modismos de países latinoamericanos. Ahora, al abrir las páginas de ese «amansaburros» uno se encuentra con que muchos guatemaltequismos andan en chancletas en ese palacete común de las palabras. Debo apuntar que, como dicen los lexicógrafos, muchas unidades léxicas contenidas en el habla guatemalteca y en este Trompabulario, son préstamos lingüísticos que los idiomas mayas y otros nos han concedido.

[1] Cantharellus cibarius.

[2] La acepción que consigna el DRAE es «coquetear» (‖ dar señales sin comprometerse).

[3] Epéntesis: figura literaria que consiste en la introducción de un fonema, o más, dentro de una palabra.

Características del chapín

(Ilustración de Juan Antonio Canel Cabrera)

(Parte 2)

Características del habla Chapina

La forma particular, o estilo de hablar de los guatemaltecos tiene características precisas. Mencionaré sólo algunas, en aprecio de la brevedad. Y las numeraré, no porque así esté establecido o catalogado, sino porque me pareció que de esa manera quedarían más ordenadas y listas para la consulta y la mnemotecnia:

  1. Usuarios redundantes del posesivo. El posesivo es una particularidad muy notable en el habla de los guatemaltecos; ha residido en los idiomas k’icheanos y también venía en el habla de los españoles; en muchos países se quedó residiendo en el lenguaje como anacronismo; aquí permaneció en el habla cotidiana: decimos «un su conecte», «un mi pedacito», «un tu trago». Ejemplos de uso antiguo de esa forma posesiva abundan; aquí les transcribo un ejemplo originado del q’eqchi: «Kiwank jun xtz’i’ – tenía un su perro»;[1] además dos, tomados de escritores españoles que pongo en cursivas: «Acomodose asimismo de una rodela que pidió prestada a un su[2] amigo…» (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, 73). «… a esta causa envió el Diego Velásquez a un su[3] capellán, que se decía Benito Martín…» (Bernal Díaz del Castillo, Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, 50). Y ya, en tiempos recientes: «Un su[4] conocido, Mincho Lobos, resultó saludándolo» (Miguel Ángel Asturias, Hombres de Maíz, 216). «—¡Yo quiero un mi[5] buen peche!…» (Miguel Ángel Asturias, Viento Fuerte, 173). «Yo me salí a fumar un mi cigarrito porque había calor.» (Héctor Gaitán, La calle donde tú vives, T. 5, Pág. 25).
  2. Cariñosos, afectivos. Otra, es esa forma hipocorística[6] de referirnos a todo lo que nos es cercano, ya se trate de cosas o de alguna acción. De esa cuenta, el diminutivo, usual aliado del posesivo, es casi pecado que falte en una conversación: «… pero más que todo para echarle el ojo a las señoronas entrando a misa de siete a la iglesia de Belén, que quedaba mero enfrentito de la casa.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 6). «Si usté quiere tomarse un su traguito, me lo paga…» (Miguel Ángel Asturias, Hombres de Maíz, 132). O en las acciones: «… íbanse corriendito al traspatio de sus casas y regresaban temblorosos, aguados…» (J. Adalberto Osorio S., Chema Duarte, 16). Este hábito de disminuir las palabras y dotarlas de cierta afectuosidad es tan acentuado que a veces parece prolongarse hasta desaparecer; ejemplo de ello es la derivación de la palabra «ahora» en ahorita: «Volver con la Luki, volver a Zunil. Querido al pueblo, cuidando a la Luki como ahorita.» (Eduardo Villagrán, En el Camino Andamos, 139); luego en el bidiminutivo horitita. «—Y como horitita estamos hablando de hombre a hombre y de igual a igual, quiero que no se lleve una mala voluntá de por estas tierras…» (Francisco Méndez, Cuentos de Joyabaj, 148) o ahoritía hasta extenuarse en el tridiminutivo ahorititía: «… ahoritita, ahorititía, ya en este momento, ahora mismo.» (Sergio Morales Pellecer, Diccionario de Guatemaltequismos, 4).
  3. Hablantes para sordos. También pareciera que hablamos para sordos porque siempre preguntamos si nuestro interlocutor nos escuchó: «Yo lo quiero mucho cerote, le dice, hijueputa, ¿oyó?, no se vaya a morir pisado, porque lo mato, cuídese cabrón …» (Mario Roberto Morales, El esplendor de la Pirámide, 66). También se usa con regularidad la próstesis[7] «aloye»: «Vuelva luego, ¿aloye?» (Lisandro Sandoval, Semántica guatemalense, 43).
  4. Hablantes para ciegos. Además de la sordera, le suponemos ceguera a nuestro interlocutor(a): para todo es mirá, mire, ve: «Cállate, ve, cállate”. (Miguel Ángel Asturias, Viernes de Dolores, 107). «Mire, mejor se va o le voy a dar de alta con una bateyada de mezcla en la chola.» (Carlos Samayoa Chinchilla, Chapines de Ayer/ 45). «Una tarde me dijo, ve vos Chanco, porque así se llamaba.» (Héctor Gaitán, La calle donde tú vives, T. 5, Pág. 171).
  5. Exagerados. Tendemos a ser exagerados, por eso nuestras conversaciones están cargadas de hipérboles: «¡Ah, en eso sí que no les damos gusto! —se adelantó un mujerón con las manos en jarras…» (Miguel Ángel Asturias, Week-end en Guatemala, 134). «Era un estampón de hombre.» (J. Adalberto Osorio S., Chema Duarte, 16). «Hacen un volcanonón de años de historia, la que cuenta mi abuelo.» (Edgardo Carrillo Fernández, Presentes del porvenir, 96). «Juan Carlos… siempre tan extraño: altote, mucho más que el Guayo aunque no tan toro como aquel…» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 75). «Ayer, cuando llovió, cayeron unas gotototas tremendas»; o cuando no llueve: «no ha caído ni una gotitía de agua.» Y de esas resultas, sobre todo en ambientes de festiva procacidad o de cantina, se dice: no es lo mismo «ver gotitas que ver gototas.»
  6. Pasados de moda. Es muy frecuente el uso de próstesis que en el español antiguo fue correcto su uso; sin embargo, con la evolución del idioma, primero se convirtieron en anacronismos y ahora son usadas, sobre todo por las personas de bajo nivel sociocultural; por ejemplo, el uso de venistes, en lugar de viniste; fuistes en lugar de fuiste, etc. «Lo que fuistes, Juan, enterrado está.» (Carlos Wyld Ospina en: Armando Rivera, Guatemala: Narradores Siglo XX, 34). En la actualidad se dice combatiste; en tiempos medievales, combatistes. Cervantes en Don Quijote (91), nos ofrece un ejemplo: «—Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia, que, según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan…» Otra forma anacrónica es cambiarle el género a las cosas; fue un hábito muy común en el Siglo de Oro español: «Cuando los miasmas de la selva y la malaria crónica le ablandaron los huesos y quebraron la color, se dedicó a descubrir claves secretas bajo el menguado estofe de retablos coloniales…» (Marco Augusto Quiroa, El hombre de la máscara de palo, 33). Como apunté arriba, y ya lo decía Pepe Milla, el chapín «Habla un castellano antiquísimo: vos, habís, tené, andá.» (José Milla, Cuadros de Costumbres, 44).
  7. Económicos, ahorrativos, contractores. Es muy común el uso de contracciones, para ahorrarnos letras, como desque (desde que), desto (de esto), dellos (de ellos), algotro (algún otro), etc., hábito que viene incorporado en el lenguaje desde la antigüedad: «Estando en lo mejor del sermón, entra por la puerta de la iglesia el alguacil y, desque hizo oración, levantóse y, con voz alta y pausada, cuerdamente comenzó a decir:, —Buenos hombres, oídme una palabra, que después oiréis a quien quisiéredes.» (El Lazarillo de Tormes). «… de que se nos murieron muchos soldados, y demás desto, todos los más adolecimos…» (Bernal Díaz del Castillo, Historia Verdadera…., 7). «… para servirse dellos por esclavos…”. (Bernal Díaz del Castillo, Historia Verdadera…., 8). «Y desque vimos los soldados que aquello que pedía el Diego Velázquez no era justo, le respondimos que lo que decía no lo mandaba Dios ni el rey…» (Bernal Díaz del Castillo, Historia Verdadera…., 8-9). En lugar de «para el» dice «pal»: «… los separó a los dos y se llevó a Elías pal cielo…» (Marco Antonio Ordóñez en Cuentos de los Ordóñez de Zacapa, 25); «Esas patojas no te van a ganar p’al trabajo.» (Elías Valdés, Tizubín, 3). Por decir voy a ir, dice vuir: «—Es que… Es que no vuir a trabajar hoy, nana…» (Elías Valdés, Tizubín, 3). Por pues, dice pue: «—Y pa’ qué quieren tanto algodón, pué?» (Elías Valdés, Tizubín, 7); por pared «paré»: «Pegado a la paré había un arriate con begonias y otras flores.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 82). En lugar de «está» usamos «Ta’»: «Ta’bueno pues, llevátelo pues, a ver si no te quita el sueño le dijeron.» (Celso Lara, en: Tradiciones de Guatemala No. 47, Pág. 11); por vámonos «vonós»: «Vonós, ahora, vos, pues.» (Celso Lara, en: Tradiciones de Guatemala No. 47, Pág. 12).
  8. Santurrones. Por la vía de la religión, hay expresiones generalmente interjectivas que, desde tiempo de los abuelos se quedaron hospedadas en nuestro hablar. ¿Quién no ha oído la siguiente?: «¡El gran poder de Dios!» (Francisco Méndez, Cuentos de Joyabaj, 162). «—¡El Gran Poder de Dios!—, murmuró la mujer. —Esto si que no me lo esperaba.» (Roberto Quezada, Cuando jala la querencia, 142). ¿O esta otra?: «… después del trueno, Jesús María.» (Eduardo Villagrán, Amadeo Brañas, historiógrafo, 204). «… jura por diosito santo que esas animalas antediluvianas tienen un extraño parecido como quien dice aire de familia con algunos especimenes de la derechota ultraneoliberal encabezada por don Muso Caperuso.» (Marco Augusto Quiroa, El Periódico, 5-10-1997). O, «por la gracia de Dios» y «Dios no lo quiera».
  9. Tautológicos. Hay una tendencia generalizada, aún en las personas cultas, a las tautologías[8] o pleonasmos[9] que, a veces, resultan simpáticos: «Deciles que salgan afuera, señor Juan Carlos.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 86). «Éntrese para adentro que ya es tarde porque se hizo noche.», «sálgase para afuera.» Y esta que es muy frecuente: «súbase para arriba.» Pleonasmos frecuentes, sobre todo en ambientes no urbanos, son: «donde yo» por «aquí», o «conmigo». «Espero que vengas a donde yo para que acabemos de arreglar las bases del negocio que vamos a emprender.» (Lisandro Sandoval, Semántica Guatemalense o Diccionario de Guatemaltequismos, 13). Además, según el lector de elPeriódico, Julió César Sánchez Castillo, en la sección Cartas del 18 de septiembre de 2010, página 12, también «La expresión “en lo que es” se ha propagado como virus en el discurso hablado de bomberos, policías, pilotos, locutores y reporteros incipientes, sin distinción de género, que hasta funcionarios públicos y directores de radio y televisión la repiten; más angustiante aún, estudiantes de todo nivel. Algunos casos de semejante agresión al lenguaje; “Nos encontramos en lo que es el Palacio Nacional” en vez de pronunciar solamente “nos encontramos en el Palacio Nacional”; “la arena del volcán cayó en lo que es Ciudad Vieja” cuando debe decirse “la arena del volcán cayó en Ciudad Vieja”.» Otra utilizada con frecuencia en las áreas rurales, según Eduardo Villagrán: «Por todo lo que es Barberena hay bastante café». «Andaba por todo lo que es Llano de Piedra». Esta fórmula tiene el encanto de transmitir que un lugar no es un punto preciso sino una extensión en dos y hasta tres dimensiones. Y, también esa manía por meter la preposición «por» de manera innecesaria: «Unos niños correteaban por entre las sombras de los árboles.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 107).
  10. Confianzudos. Otra característica, que de la ruralidad se ha extendido a la urbanidad, es la de anteponer a los nombres propios los artículos determinados la o el: «El Mario Monteforte Toledo ajustó 91 añejos y escribió las primeras mil páginas de sus memorias.» (Marco Augusto Quiroa, elPeriódico, 5-1-2003). «Mientras tanto, la Martita ya se había subido al carro. (Max Araujo, Días de contar, 9). Eduardo Villagrán, en su blog, refiere este hábito lingüístico a una influencia k’icheana y nos da varios ejemplos:

«- Laa’in laj Eduardo – yo soy el Eduardo

»- La’at laj Antonio – Tú eres el Antonio

»- A’an lix Teresa – Ella es la Teresa»

  1. Cambistas. En algunas regiones del país, y en muchos ecolectos, se cambian ciertas letras y, por ejemplo, se utiliza la figura de dicción, antítesis;[10] Maricsa, en vez de Maritza; pecsi, en lugar de pepsi, o acecte, por acepte: «De modo Niá Coquita, que déjese de escrúpulos y acecte…» (Revista Entre Broma y Broma, No. 44, III Época, 2-08-1952, 11). También es común el uso de metátesis:[11] mallugar (o mayugar) por «magullar»: «Muchas veces hemos oído en boca de gente zafia, y aún en la de muchos que se pican de personas de pro, mallugar por magullar.» (Antonio Batres Jáuregui, Vicios del Lenguaje …, 377); esta metátesis es muy frecuente escucharla en el mercado, cuando una persona se detiene ante la mercadería y toca con reiteración las frutas o mercancías, entonces, el dueño o dueña de la venta, con el fin de apresurar la venta o despachar al tentón o tentona, le dice: «si no compra, no mallugue». O en ambiente de prostíbulo, cuando un cliente solo se dedica a tocar a la nenorra y ni consume ni entra a prostituirse; la chava a manera de reto, le dice: «si no compras, no mallugues». De ariopuerto por aeropuerto»: «… una vez vino un gringo a Guate, lo fui a traer al ariopuerto…» (Tuncho Granados, O sea…, 21).
  2. Recambistas. También, es muy común el empleo del hipérbaton:[12] «Me se olvidaba, es que le mandó a decir que si no tenía usté noticias de ella, que la buscáramos.» (Miguel Ángel Asturias, El papa verde, 44), «Me se hace que tienen ustedes sus sospechas por ai por onde don Félix, o por ai onde los bigotudos Marchena.» (Miguel Ángel Asturias, Week-end en Guatemala, 177).
  3. Maniáticos de la «s». En la oralidad, el arrastrón de la s es como nuestra tarjeta de presentación. Somos tan aficionados los chapines a la s que a una infinidad de palabras, sobre todo en la oralidad, le colocamos esa letra al final; quizá sea por lo que se dijo en el apartado 6: que es un pasado de moda y gusta del uso de giros anacrónicos, ya que su uso fue común en los albores del idioma; Agustín Moreto, en El desdén con el desdén, lo menciona así: «Pues ¿no me oístes?» Y por esa manía anacrónica acá su uso es muy común; de esa cuenta, se dice «graduastes» por »graduaste»: «Supe que al fin te graduastes pisado, ya era hora.» (Tuncho Granados, O sea…, 12). O fuistes por «fuiste»: «Lo que fuistes, Juan, enterrado está.» (Carlos Wyld Ospina en: Armando Rivera, Guatemala: Narradores Siglo XX, 34). Para dejar constancia de ese amor por la s, se manifiesta hasta en los nombres propios; por ejemplo, el nombre Edgar lo convierte en la metátesis Esgar; Edmundo, en Esmundo; o el nombre Ingrid, en la paragoge[13] Ingris.
  4. Marca de fábrica. Una de las frasecitas más conocidas internacionalmente y que al chilazo nos delata como guatemaltecos es el famoso si pues, que constituye algo así como nuestra marca de fábrica.: «Si pues, muy dealpelo, como lleva la tripa bien empulicada…» (Juan Antonio Canel, ¿Qué mirás?, 20).
  5. Hablantes para desatentos. Así como al interlocutor se le supone sordo (oyó) y ciego (mire), también se le conjetura desatento y, con harta frecuencia usamos el fíjese para enfatizar lo hablado: «Fíjese ese que allá en el toque, nos juntamos un resto de princesas, sólo güisas.» (Maco Luna, Cuerpo y Alma Sonrock chapín, 38). Es casi imposible comenzar una explicación sin el fíjese o fijate.
  6. Machistas, valeverguistas. Un asunto importante que debemos tener en cuenta al acercarnos al trompabulario de los guatemaltecos es la carga machista que lleva a cuestas y que de manera general es ofensivo e irrespeta la dignidad de las mujeres. Sin embargo, para compensar esa característica machista, el chapín tiene una tendencia excesiva hacia los formalismos que a veces recuerda el lenguaje de las novelas caballerescas usado por los caballeros medievales para dirigirse a las damas. De esa cuenta, el chapín da las gracias hasta cuando está recibiendo palo; pide permiso aun en asuntos de la intimidad. Y aparte de dar las gracias y decir «con permiso», a casi todo le añade el «Dios se lo pague» que, cuando la persona a quien se le dice es sujeto de afecto, lo torna en el simpático hipocorístico[14] «Dios se lo paguito».
  7. Discriminadores por inferioridad. También es muy evidente la discriminación por razones de inferioridad; es decir, quien se cree superior a otro lo trata con desprecio, irrespeto, o confianza no ganada: «¿A cómo me das “la mano” m’hijo? Pregunto al indio que me mira.» (Mario Alberto Carrera, Costumbres de Guatemala, 2). El anterior aspecto no se da solo entre hombres con hombres sino, también, entre mujeres con mujeres: «¿Y vos m’hija también tenés tan recara la papa y la zanahoria, como la vieja de la esquina ha puesto la “alverja”? No señora, sólo vale cincuenta centavos el canastillo de cada cosa, dice la locataria. ¿Y te parece eso barato a vos m’hija? ¿Vos creés que yo sólo me siento en el excusado y ya está la cosa? ¿Y ya pepeno la plata? No señora, contesta la vendedora, pero si quiere lo lleva y si no déjelo “ay”.» (Mario Alberto Carrera, Costumbres de Guatemala, 55).Esta característica discriminatoria, aunque aun hoy es muy marcada en el habla, sobre todo de los llamados ladinos, antes era peor; básicamente se enfocaba con desdén hacia los pueblos indígenas. Muestra de eso queda manifiesto en el menosprecio con que se estigmatizaba al indígena remedando su habla de manera peyorativa aun en los medios de comunicación; veamos un ejemplo de 1952:«Queride Tate:recibí tu carto y por supueste,ya sabía que el vieje don Torcuateiba hacer la gran buye, porque este,

    onque estuvo aquí, de pure miede,

    ni a la calle salió, el muy babose,

    que como en Guatemala nada puede

    porque aquí ninguno lo conoce…» (Revista Entre Broma y Broma, No.l 40, III Época, 5-7-1952, Pág. 7).

  8. Ponedores del vosal. Otra de las características que distingue a los guatemaltecos de manera inmediata es el llamado voseo dialectal americano en contraposición con el voseo reverencial que, en algunas partes de España, todavía se usa. No obstante, hace muchos años se comenzó a utilizar, sobre todo entre los jóvenes de las zonas urbanas (cronolecto juvenil), una mezcla de los pronombres vos y : «—Pero tú sos inteligente, te gusta leer.» (María del Carmen Escobar, 49 Centavos de Felicidad, 176), «¿… contra quién va a jugar la selección el viernes, no sabés tú?» (Víctor Muñoz, Collado ante las irreparables ofensas de la vida, 13). «—Toma esto, mañana salís de aquí…» (Héctor Gaitán, La calle donde tú vives, T. 5, Pág. 112). Esta manera de hablar hasta tiene un nombre: el «tuvos». «Voló la ruta relativamente contento por unos cuantos años, y luego conoció a Marina Prado. Tú la conocés.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 9). De manera pura, ahora casi no usamos el pronombre personal sino vos o usted o la forma apocopada usté que, según algunos estudiosos, nos quedó desde los tiempos de los primeros españoles en América, que según dicen los mentirosos libros de historia, buena parte era andaluz y utilizaban esta forma sustantiva. «Y los niños con tanto peligro, usté.» (Max Araujo, Días de contar, 17).

Aquí, en la guatemalancia, predomina el uso pronominal del vos, contrario a los españoles, mexicanos y cubanos que enfatizan el . No decimos «eres» sino sos: «… sólo sos del diente al labio.» (Marco Augusto Quiroa, Gato Viejo, 109). «Nadie se los quita a los maestros y mucho menos a los niños, que desde que nacen ya traen el «vos» en su pequeña y delicada trompita… (…) Porque aquí… ¡primero nos arrancan hasta la muela del juicio, antes que quitarnos el VOS…!» (Revista Entre Broma y Broma, No. 38, III Época, 21-7-1952, 4). En Guatemala el se usa en las siguientes condiciones:

a) Entre hombre y mujer, sobre todo cuando hay una relación sentimental o amistosa.

b) Entre mujer y mujer.

c) Entre algunos homosexuales (o gays, o transexuales) y gente amanerada.

d) Entre locutores o presentadores televisivos.

e) Entre dos personas que platican de manera pública (televisión, radio, conferencia, etc.). Fuera de esos ámbitos su uso se considera malsonante y cuando alguien lo utiliza, nunca falta quien, en forma de broma, le responde o comenta: «¡Ay, tú!»

19. Cultos, populares y primitivos. Se da, también, una variedad situacional (idiolecto) del lenguaje, o nivel de lengua, como lo llama Manuel Seco, que depende de con quien se hable. No es lo mismo hablar con la traida, con el jefe o con el cura, que con el amigote. A la chava se le trata de ; al jefe o el cura, de usted; al amigote, de vos. Como el lenguaje es, dicen, lo más democrático que hay, en Guatemala existe un hablar culto, uno popular y otro casi primitivo. Esta última manera se da, sobre todo, en los lugares alejados de la escuela y en los ámbitos rurales; o, en ámbitos socioculturales bajos. Por ejemplo, en lugar de decir: Le dijo, se utiliza el hipérbaton: «… es que le dijo». (Miguel Ángel Asturias, Hombres de Maíz, 259). El hablar culto es el que respeta todas las reglas del idioma dictadas por la Real Academia Española; el popular es el que emerge de nuestra propia cotidianidad y se nutre de idiolectos, ecolectos, sociolectos, etc.

20. Formalistas. Para compensar esa característica machista, los chapines tenemos una tendencia excesiva hacia los formalismos que a veces recuerdan el lenguaje de las novelas caballerescas usado por los caballeros medievales para dirigirse a las damas. De esa cuenta, el chapín, como ya lo apunté, da las gracias hasta cuando está recibiendo palo; pide «con permiso» aún en asuntos de la intimidad. Y aparte de dar las gracias y pedir «con permiso», a casi todo le añade el «Dios se lo pague» que, cuando la persona a quien se le dice es sujeto de afecto, lo torna en el simpático hipocorístico «Dios se lo paguito»: «Ante esta cruel circunstancia, “que Dios se lo pague”.» (María Elena Schlesinger, elPeriódico, 21-08-2010).

21. Pedidores de regalado. El guatemalteco casi todo lo pide regalado. Uno no dice: «me proporciona la cuenta», sino: «disculpe, ¿me regala la cuenta?»[15] Para colmo, hace lo que le da la regalada gana: «Los dueños de la aduana (Agentes Aduaneros), están tratando de quedarse como reyes de la aduana para hacer lo que se les de la regalada gana…» (Comentario de un lector en elPeriódico, 24-5-2013).

22. Obedientes. Es muy arraigada la expresión «qué manda» cuando alguien oye que lo llaman o dicen su nombre: ¡Qué manda! «Desde el señor que emigró a Estados Unidos buscando un mejor trabajo, hasta el patojo que se fue a estudiar, pasando por el güiro que se va de vacaciones a Disney, todos, por un momento, vuelven a estar en casa cuando escuchan un “¿qué manda?”»[16] «—Ven acá, hijo mío. / —¿Qué manda?» (Luis Alfredo Arango, El país de los pájaros, Pág. 19).

23. Corteses. Pedimos las cosas con cortesía «Por via suya, abran su Biblia…» (Marco Antonio Ordóñez, Cuentos de los Ordóñez de Zacapa, 24). «… que les diga a los que vienen fumando que por vida suya apaguen el chancuaco.» (La rial academia, Revista Domingo en Prensa libre, No. 570, 2-2-1992).

24. Ponedores de apodos. Aunque no es una característica exclusiva solo de los chapines, poner apodos es casi un deporte nacional. Por ejemplo a Edward Osvaldo Paredes (†), primero derivaron su nombre Edward en Esguar; luego, como le gustaba el guaro y fue asiduo visitante de la cantina La Bienvenida, de doña Margarita Rivas, esta le puso: Esguarito. E n respuesta, como doña Margarita es la que vende guaro, le puso Marguarita. A Haroldo Luna, sencillamente, le pusieron Guaroldo; en fin, el tema de los apodos es, prácticamente, inacabable. «Hay reglas no escritas —pero reglas al fin— para una mejor aplicación de los apodos. He aquí algunas, a las cuales el lector podrá añadir muchas más… La estampa física es una de las más felices fuentes de los apodos: el Gordo, el Seco, el Pache, el Enano Pipo, el Gigante, el Sapurruco, el Tipunco, El Perico en el suelo, el Guazapa, el Trompo… El color de la tez es, por su parte, origen del apodo: el Negro, el Fósforo, el Canche, el Hijo del Sol, el Tiste, el Caimito, el Chelón… Otras fuentes de apodos: los defectos físicos, el tamaño de la cabeza, el parecido con tras razas, cierto “aire” a determinados animales, la profesión u oficio, el pelo (color y forma), razónes de índole política, las dimensiones de la boca, de la nariz o de las orejas, el color de los ojos, la estatura, algún incidente de la vida, el modo de vestirse, la nacionalidad, el pueblo de nacimiento no faltando los apodos colectivos como los Güifas, los Chivos y otros de más amplio espectro, como los charros, los guanacos, los ticos, los nicas, los catrachos.» (Gabriel Evans, Andanzas de un chapín, Pág. 67).

25. Provincianos. Muchos términos de la provincia se han enquistado en todos los ambientes, incluído el urbano; por ejemplo «¡Chish oh!», expresión usada, sobre todo en el oriente de Guatemala, para manifestar desprecio por algo, o desafío. «¡Chisssh ho!… Yo me echo verga con él —dijo Chito.» (Marco Antonio Ordóñez, Macario Cordón, 67). «¡Chish ohhh… echémole plomo! —dijo Chayo; salgamos a buscarlo con mechones de ocote… Agora son cuatro escopetas.» (Marco Antonio Ordóñez Madrid, Tunales, 46). Y en general, el uso del vocablo «oh» quizá sea resultado de la tradición oral. Los contadores de cuentos o anécdotas necesitan darle esa inflexión ascendente para mantener la atención de los escuchas. También el vocablo «pué» y muchos más sirven para darle la inflexión ascendente que pide poner atención: «Vonós, pué…» (Marco Antonio Ordóñez Madrid, Carrizo D’hilo, 32). De sabor provinciano, también, son muchas de las epéntesis que son de uso cotidiano del chapín; por ejemplo, en lugar de «creía», usa «creiba», etc. «Creiba que habían vuelto los muchachos, pero sos vos, Tiburciano…» (Miguel Ángel Asturias, Week-end en Guatemala, 139).

26. Incorporadores de giros. Otra característica que tenemos los chapines «es la incorporación automática de modismos o giros vaciados de contenido. Entre estos últimos, el como, que se usa para todo: se ve como lejos, está como difícil, y el mejor de todos: está como muerto, aplicado a alguien que expiró hace tres horas.» (Ana María Rodas en El Periódico, Revista El Acordeón, 16 de mayo de 2004). «… el resto, enormes predios sembrados de milpa, legumbres y como árboles frutales.» (Héctor Gaitán, La calle donde tú vives, T. 5, Pág. 153).

27. Ponedores en presente. «Si a lo anterior le agregamos la reciente tendencia, tan favorecida por todos en todas partes del mundo, de utilizar los verbos sólo en tiempo presente, llegamos a la cúspide de la idiotez y la incomunicación: ella lo deja porque se da cuenta de que la engaña con la lechera, quien dice que no le importa, y él está muerto, pero muerto, y eso que viene del doctor que le dice que se cuide, porque la pulmonía que le da por salir a verla es cosa seria. Cuando él me dice te quiero le digo yo no. ¿Podría usted decir en qué orden sucedieron todas acciones? Yo, francamente, no.» (Ana María Rodas en El Periódico, Revista El Acordeón, 16-5-2004). Esa manía de poner en presente es en buena medida una aderivación de la interrelación del castellano con los idiomas mayas, que utilizan el presente de manera invariable; también se forza al poner el presente indicativo del verbo ser (es) junto a la conjunción «que»: es que. «En eso es que dijo la señora: / —Ah, ese conejo se va a acabar mi frijol.» (Celso Lara, en: Tradiciones de Guatemala No. 47, Pág. 21). «—Ja! ‘Ora voy a fregar a tío coyote —es que dijo—, voy a buscármelo yo.» (Celso Lara, en: Tradiciones de Guatemala No. 47, Pág. 23).

28. Prefierimos «bien», en lugar de «sí» o «muy». Una manía muy común del chapín es usar la palabra «bien» en lugar de «sí», o «muy»:

—¿Leíste El Periódico?

—Bien.

En las paredes de las tiendas se ve con harta frecuencia el uso de «bien» en lugar de muy; para muestra este anuncio tan frecuente en las tiendas: «Se venden chelas bien frías.» «Habrás volado vos alguna vez? No? Es bien bonito, vieras.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 5). «Pues estaban bien enojados, que el que menos se pensaba, había ganado.» (Celso Lara, en: Tradiciones de Guatemala No. 47, Pág. 44).

29. Agringados, extranjerizantes. En el documental Sobre el origen de las lenguas, del History Chanel, se afirma que «… una lengua se expande en función del poder de la gente que la habla.» Esto es cierto; lo han demostrado los imperios invasores a través de la historia mundial. Nosotros mismos hablamos castellano a raíz de la invasión de los españoles que impusieron su idioma y trataron, a toda costa, de eliminar los idiomas vernáculos. En la actualidad, el imperio que nos cerca es Estados Unidos; por tal razón, su idioma se nos trata de imponer por casi todos los medios. No ahondaré en las razones para este fenómeno porque este es un amansaburros y no un tratado de sociología, pero sí debo dejar constancia que este agringamiento ha permitido que usemos muchos calcos semánticos. Por ejemplo, el uso generalizado de bróder, máster o miss. Ejemplo de lo anterior, y en consonancia con lo que dije al principio de esta presentación, que el hablante chapín «echa mano de préstamos a otras lenguas o calca semánticamente» les transcribo un reenvío electrónico del 26-7-2013, que Antonio Móbil me hizo llegar. Este articulín muestra con bastante exactitud esos cambios lingüísticos que la tecnología y la influencia de otros idiomas han propiciado en el español que hablamos por estos lares:

«Ai espic inglish…

»Desde que las insignias se llaman pins, los maricones gays, las comidas frías lunchs, y los repartos de cine castings, este país no es el mismo… ahora es mucho, muchísimo más moderno.

»Antaño los niños leían cuentos en vez de comics, los estudiantes pegaban posters o afiches creyendo que eran carteles, los empresarios hacían negocios en vez de business, y los obreros, tan ordinarios ellos, sacaban la fiambrera o el portacomidas al mediodía, en vez del tupper-ware. Yo, en el colegio, hice aerobic muchas veces, pero, tonto de mí, creía que hacía gimnasia.

»Nadie es realmente moderno si no dice cada día cien palabras en inglés. Las cosas, en otro idioma, nos suenan mucho mejor.

»Evidentemente, no es lo mismo decir bacon que tocineta, aunque tengan la misma grasa, ni vestíbulo que hall, ni inconveniente que handicap

»Desde ese punto de vista, los latinos somos modernísimos.

»Ya no decimos bizcocho, sino plum-cake o pudin, ni tenemos sentimientos, sino feelings.

»Sacamos tickets, compramos compacs, comemos sandwiches, vamos al pub, nos vestimos con jeans, practicamos el rappel y el raffting, en lugar de acampar hacemos camping y, cuando vienen los fríos, nos limpiamos los mocos con kleenex; escribimos con el rollerpen y hablamos por el iPhone.

»Además muchos de ellos no tienen mapa satelital sino “Yi-pi-es”.

»Esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han mejorado mucho nuestro aspecto, así es como las mujeres no usan medias, sino pantys y los hombres no utilizan calzoncillos, sino slips o boxers, y después de afeitarse se echan after shave, que deja la cara mucho más fresca que la loción.

»En español, o mejor, en castellano moderno, el latino ya no corre, porque correr es de cobardes, sino que hace footing; no estudia, sino que hace masters y nunca consigue aparcar pero siempre encuentra un parking.

»El mercado ahora es el marketing; el autoservicio es self-service; el escalafón es ranking y el representante o administrador es manager.

»Los importantes son vips, los auriculares walkman, los puestos de venta stands, los ejecutivos yuppies; las niñeras baby-sitters, y hasta nannies, cuando el hablante moderno es, además, un arribista irredento.

»El arcaico aperitivo ha dado paso a los cocktails, donde se hartan a bitter y a roast-beef que, aunque parezca lo mismo engorda mucho menos que la carne.

»Algunos, sin ir más lejos, trabajan en un magazine, no en un programa.

»En la televisión cuando el presentador dice varias veces la palabra O.K. y baila como un trompo por el escenario la cosa se llama show y si además alrededor del escenario hay cámaras escondidas, es un reality, bien distinto, como saben ustedes, del anticuado espectáculo; si además el show es heavy es que muestra viejas encueradas.

»En los cortes de programación ya no ponen anuncios, sino spots que, aparte de ser mejores, te permiten hacer zapping.

»Después de haber estado con tu pareja en una disco de música crossover, no te atrevas a decir que era de musiquita variada; en la disco, obvio, el que pone los discos es un D.J.; allí no se toman tragos sino shots.

»En febrero compras ropa, no en rebaja, sino en un sale, en la que consigues cosas cute. Ni se te ocurra decir bonitas y mucho menos, chéveres.

»En fin, estas cosas enriquecen mucho.

»Para ser ricos del todo, y quitarnos el complejo tercermundista que tuvimos en otros tiempos, solo nos queda decir con acento americano la única palabra que el español ha exportado al mundo: la palabra “SIESTA”.

»Espero que  haya gustado… yo antes de leerlo no sabía si tenía stress o si es que estaba hasta la coronilla.»

30. Rimadores. Los chapines tenemos una tendencia innata; quizá sea una maña que nos quedó de la colonia, ya que en ese tiempo, los invasores venían cargados de poesía influenciados todavía por la oralidad juglaresca y trovadoresca. «“ya no te quiero nariz de moronga… anda con tu tata que te la componga, ya no te quiero nariz de chompipe anda con tu nana pa’que te la quite”, “me extraña araña”…» (Danilo Parrinello, en elPeriódico, 2-5-2012). «Y vivieron muy felices, comiendo perdices y llevando al estado a los chirices.» (Luis Ortíz, El muerto de hambre, 137). «Unos días los pasaba tranquilo como Camilo, otros quieto como Aniceto y todos los demás bolo como Bartolo. (Luis Ortíz, El muerto de hambre, 78).

31. Vulgarotes, iconoclastas. En términos lingüísticos, los guatemaltecos, tenemos una doble personalidad; somos por un lado exquisitos, corteses, delicados y caballerescos; por otro, unos vulgarotes, sobre todo en ambientes de confianza. Nos gusta ser iconoclastas, dotar de doble sentido a las palabras y arroparlas de soecidad. «Pero: ¿qué es soez? Pues resulta que lo que se considera soez es una convención cultural que varía de región a región y país a país. Almorzaba yo con un hombre de El Progreso y de pronto me dijo: “por favor pásame la mala palabra”; me desconcertó, no entendí, al fin supe que lo que quería era que le pasara ¡una cuchara! La palabra cuchara es una “mala palabra” en su tierra, pero en el resto de la república la palabra no “mala”. El significado cuchara hace referencia a la vagina, eso es lo que la convierte en “mala”; en la mojigatería chapina las partes del cuerpo resultan “malas”. En otras regiones de la república se le llama “blanquillos” a los huevos porque resulta altisonante llamar huevos a esos cuerpos ovalados que producen las hembras de las aves. ¿Por qué? Pues porque comúnmente se le llama huevos a los testículos y resulta ser una “palabrota” decir huevos. Tenemos pues que no hay malas palabras porque las palabras, en sí mismas, no son ni buenas ni malas, lo bueno o lo malo no es inherente a las palabras, puede serlo a las personas. Somos los humanos los que les damos un significado que nos puede parecer grosero o fino y delicado.» (Danilo Parrinello, en elPeriódico, 9-6-2012). Así somos los chapines. Pero, respecto a las palabras, buenas o malas, lo apunté al principio de este amansaburros, en el acápite del Arcipreste de Hita (Libro de Buen Amor, Estrofa 64): «Non ha mala palabra si non es a mal tenida…»

32. Voladores. El hablante guatemalteco es volador; «… estamos tan obsesionados con volar, que decimos: Volar lengua, por hablar; volar ojo, por ver; volar oreja, por oír; volar pluma, por escribir; volar espalda, por acostarnos; volar banca, por descansar…» (Luis Ortíz, El muerto de hambre y otros cuentos, 48). «Vuele pluma cómo el lenguaje nos juega malas pasadas.» (Marco Augusto Quiroa, elPeriódico, 25-5-1997). «… pasando de camino por la séptima avenida para volarle lente a las levantes que se paraban enfrente de la farmacia Kleé…» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 44). «Me acuerdo que ninguna se quedó “volando banca” y todas recordaron por meses y meses la fiesta de mis quince.» (Mario Alberto Carrera, Costumbres de Guatemala, 43). «… de modo que daba gusto caminar sin tener que usar el machete y no más “volando ojo” a la inconmensurable riqueza de aquellos desgraciados alemanes propietarios de Los Andes. (Epaminondas Quintana, Chipiacul, 134). Hasta para manifestar que alguien se masturba dice: «… se vuela la chaqueta.» (Carlos Navarrete, Los Arrieros del Agua, 160). «Voló la ruta relativamente contento por unos cuantos años, y luego conoció a Marina Prado. Tú la conocés.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 9). «Cheyo y Pijuy ya no esperaron más, salieron volados sin dar buenas noches.» (Héctor Gaitán, La calle donde tú vives, T. 5, Pág. 118).

33. Sopladores. Además de volar, otro aspecto socorrido de nosotros los chapines es soplar. «Se sopló cinco años en la cárcel, se sopló diez tamales, etc.» Hasta la palabra matar encuentra sinónimo en «soplar»: «¿Y el resto de la semana no se lo pueden “soplar”…?» (Mario Alberto Carrera, Costumbres de Guatemala, 157).

34. Reflexivos. Es abundante el uso de verbos reflexivos en el habla coloquial guatemalteca; por ejemplo: mandarse, aventarse, rifarse el físico. «… ella comenzaba a mandarse pedía empanadas o borracho o pastel y a la hora de pácar se hacía la bestia y yo tenía que azotar.» (Marco Antonio Flores, Los Compañeros, 157).

35. Medidores. Otra característica, común a todos los estratos sociales de nosotros los chapines es el de tomar medidas; no en el sentido de dimensionar un espacio sino en el de aplicar correctivos, prevenciones, disuaciones etc. de carácter económico, político, social, etc. «… desde luego, prometía con ese honor que le caracterizaba, tomar todas las medidas necesarias para impedir futuros actos de semejante bajeza.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 23).

36. Enseñoreadores. A todo lo que es excepcional, distinguido, relevante o digno(a) de respeto lo adjetivamos con «señor, señora, señorón, señorona» «Y pasábamos a la Recolección en la tercera calle, una señora iglesia.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 68). «Y entraron el padre, un señorón grande como una mole, con un gran garrote en la mano y tras él una chaparrastrosa señora cargando una nena.» (Epaminondas Quintana, Chipiacul, 60). «… pero más que todo para echarle el ojo a las señoronas entrando a misa de siete a la iglesia de Belén, que quedaba mero enfrentito de la casa.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 6).

37. Fanáticos del apellido Pérez. Los chapines somos muy dados a adjetivar muchas cosas con el apellido Pérez. Veamos estos ejemplos: «… se discutió regular discursón Pérez sobre los supuestos éxitos de sus trescientos ticinco días de sacrificio…» (Marco Augusto Quiroa, elPeriódico, 19-1-1997). «A usted, bella lectora, un bronceado de pies a cabeza pasando por otras buenas partes y a usted, estimado lector, un quitagoma de calibre prohibido con cevichón pérez incluido. ¡Salú!» (Marco Augusto Quiroa, elPeriódico, 28-3-1999). «También ellos saben que el ajustón pérez no tenía otras acepciones ni asomaba en lontananza el retruécano ni la hoy omnipresente mano de chimpancé.» (Marco Augusto Quiroa, elPeriódico, 21-2-1999). «Solo se dieron “colorón Pérez”.» (elPeriódico, 16-11-2014). «… además de experimentar un gran “colorón Pérez”, está frustradísimo.» (elPeriódico, 29-6-2014, Pag. 2).

38. Tiradores. Los chapines somos tiradores porque nos encanta tirar o tirarnos algo; «Se tiró otra risada el bolo allí donde estaba tirado entre el lodo.» (Celso Lara, en: USAC, Tradiciones de Guatemala No. 47, Pág. 48). «Como Chente no me quiso apoyar mandando a la penitenciaría a este vulgar, por eso le estoy pagando al tal Carlos, y si en el camino me tiré a su novia, tanto mejor.» (Roberto Quezada, Cuando jala la querencia, 164).

39. Mierderos. El desenfado y la iconoclastia son características que nos han han llevado a los chapines a expresarnos en muchos aspectos de manera poco proclive a los protocolos o convenciones sociales; de esa cuenta cristalizamos esas cualidades en un lenguaje mierdero. Mostraré algunos ejemplos de esta característica utilizada para designar desde ubicación geográfica hasta situaciones y otros aspectos de la vida cotidiana: Para designar objetos: «El rata aseveró que de plano a él esas mierdas lo aculillaban. (Marco Antonio Flores, Los rollos que quedaron, 29). Para designar sensaciones: «Para arriba y adelante TA-RA-RAC, TA-RA-RAC el redoblante, derecha, izquierda, y un dolor de mierda, derecha, izquierda, y un dolor.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 68). Objetos: «… esos con tal de ir al toque son capaces de llevarse todas las mierdas a tuto.» (Jorge Godínez, Rockstalgia, 101). Cantidad: «A la pobre la hacían dormir en una cuna y le pagaban una mierda, a huevos…» (Allan Mills, en Denise Phé Funchal, et al, Sin Casaca, 41). Lugar: «… ya no pensés en ella, andate a la mierda y salvá el pellejo.» (Periódico No nos tientes, Viernes de todos los dolores de 1968). Cambio de ubicación: «Y ante la orden del general (a la mierda los pastores que la pascua ya pasó): todos de retache.» (Fernando Mollinedo, La realidad con guatemaltequismos en diario La Hora, 5-8-2003). Situación precaria: «—¿Viste que te dije que había buruca?, y nosotros comiendo mierda.» (Marco Antonio Flores, Los rollos que quedaron, 28). Personas ruines: «Sobre todo un par de comemierdas como ustedes que ni a cashashas llegaron.» (Marco Augusto Quiroa, Receta para escribir un cuento y otros cuentos/ 99). Situación problemática: «… cómo se meten a mierdas los muchachos sabiendo cómo son los chafas de malditos.» (Marco Antonio Flores, Los Compañeros, 148). Silencio: «… nos limitamos a hacerle burla y fregarlo hasta la desesperación: nos gritó shó mierdas, y se sumergió dentro del silencio.» (Arturo Arias, En la ciudad y en las montañas, Pág. 83). La lista es inmensa, pero aquí la paro; la intención es solo que se formen una idea de esta característica del habla chapina.

[1] Tomado de: http://novelerolerola.blogspot.com/

[2] Las cursivas son mías.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Hipocorístico: según el DRAE, «dicho de un nombre: Que, en forma diminutiva, abreviada o infantil, se usa como designación cariñosa, familiar o eufemística.»

[7] Próstesis: figura retórica que consiste en agregar un fonema al principio de una palabra, sin que su significado se altere.

[8] Redundancias.

[9]Pleonasmo: Figura que consiste en la aparición, dentro de una expresión, de uno o más términos redundantes.

[10] Antítesis: es la figura literaria, subordinada del Metaplasmo, que consiste en cambiar una letra, por otra, en el interior de una palabra.

[11] Metátesis: figura de dicción que consiste en trasponer letras dentro de una palabra.

[12] Hipérbaton: figura literaria que consiste en cambiar el orden lógico de las palabras en la oración.

[13] Paragoge: metaplasmo que consiste en cambiar o añadir una letra al final de un vocablo.

[14] Hipocorístico: «… dicho de un nombre: Que, en forma diminutiva, abreviada o infantil, se usa como designación cariñosa, familiar o eufemística.» (DRAE)

[15] http://www.guate360.com/blog/2005/11/

[16] http://www.guate360.com/blog/2005/11/

 

(Parte 3)

El cuerpo del Trompabulario chapín

Este trabajo, si puesss, es un esfuerzo por mostrar el habla guatemalteca de uso común. En él zampé lo que la mayoría de amansaburros o glosarios, por pudor, recato, honestidad, vergüenza, respetabilidad, puritanismo o ignorancia, no incluyeron; y al no hacerlo obligan al lector a ver de manera parcial al guatemalteco hablante del idioma castellano. Es cierto, algunas voces, sin duda, lastimarán el oído de muchas personas; sin embargo, qué le vamos a hacer, así habla la guatemaltecada común y corriente; también quien no lo es pero, en confianza, se descose; es decir, ese sujeto colectivo es «… el antiguo legislador que llaman vulgo», como apuntaba tata Cervantes en el prólogo a su Don Quijote de la Mancha (Pág. 8). Por otro lado, esos recatos y pudores, de alguna manera, se justificaban por una tradición que se mantuvo durante mucho tiempo de hacer a un lado las palabras «deshonestas o malsonantes». Tal tradición, con titubeos la rompió Nebrija cuando, según palabras de Manuel Seco, en su «vocabulario castellano-latino incluyó, me perdonarán ustedes pero hay que ser científicos, incluyó pija, cojón, distinguiendo entre cojón, a secas, que era en latín coleus; y cojón pequeño, que eran testículos; incluía también, puta y puto.»[1] A partir de Nebrija, pasando por Covarrubias, se mantuvo en buena medida esa tradición pudorosa hasta que María Moliner incluyó, en su diccionario, algunas de esas voces pero echándoles pestes. Sin embargo, como el lenguaje cambia junto a las sociedades, la batalla por darles cabida a esas palabras comenzó en el mismo seno de la Academia, la inició Dámaso Alonso en 1956. Respecto a ese paso lingüístico, Manuel Seco cuenta: «Por entonces, Dámaso Alonso ya había lanzado una defensa pública de los derechos lexicográficos de las palabras malsonantes, en dos ocasiones solemnes: el II Congreso de Academias de la Lengua Española, celebrado en Madrid en 1956, y la Asamblea Internacional Presente y Futuro de la Lengua Española, celebrada también en Madrid, en 1963. Dámaso defendía que todas esas palabras deberían figurar en el diccionario porque eran palabras españolas; eran todas, hijas de buena madre porque todas pertenecían a nuestro idioma y no había razón para ocultarlas si realmente existían. Por fin, en 1984, la Academia reaccionó, bueno, y lo hizo de una manera un poco excesiva. Abrió las compuertas para que entraran en tropel carajo, coño, pizza, pijo, joder, y algunas palabras selectas más.»[2] Entonces, entendiendo que tales palabras también son hijas de buena madre, las incluyo en el corpus de este amansaburros.

El Trompabulario chapín lo comencé por pura curiosidad a mis catorce años de edad cuando trabajé en la Librería Tor, ubicada en el Pasaje Rubio, y escuché, a los clientes que llegaban, hablar de las maneras más distintas el mismo idioma; allí comencé a apuntar palabras, frases, refranes y otras expresiones que me admiraron. Además, en ese lugar cuyas paredes eran de libros, apuntalé mi devoción por la lectura  Tal interés por las palabras se agudizó en octubre de 1986 al participar como miembro, junto a otros escritores, en el difunto e irredento grupo literario la rial academia. Allí comenzó mi verdadera pasión por las palabras. Con ellos corrí las primeras aventuras literario-periodísticas encaramado en el habla popular. De esa época, hubo un cuento de Marco Augusto Quiroa, que primero apareció en la Revista ocasional de la rial academia (1986) y después en su libro Gato viejo (1990) que fue el que me dio el empujón final para hacer este Trompabulario: A Mito le dieron agua. Por Quiroa me empatiné hasta convertirme en un sistemático colector de palabras, dichos y refranes que son comunes entre la chapinada. De esa manera, en 1999, trece años después de ese primer empujón, comencé a meter, de manera sistemática, las palabras del habla popular en este Trompabulario Chapín. Quizá este trabajo lo hubiese publicado mucho antes en papel pero, por esas macabras jugadas informáticas, he perdido varias versiones; solo después de mucho trabajo he logrado recostruirlas aproximadamente. La última de esas jugarretas me ocurrió en 2012, cuando un disco duro externo me tronó. Por poco me da el soponcio, patatús, telele, pálpitos, pasmos, surmenage, soplo en el corazón, mal de camioneta, etc. Allí quedaron sepultados muchos libros y una versión del Trompabulario de más de mil chorrocientas páginas. Por suerte había grabado, en discos compactos, versiones anteriores; entonces, a partir de una que me quedó de ochocientas páginas, y después de haberme recuperado de la catástrofe, dije: «¡juímonos Trompabulario a caminar!»

La primera dificultad con la que tropecé fue imaginar que sobre el tema no había suficiente bibliografía. Sin embargo, a medida que comencé a recorrer el palabraje, fui descubriendo la existencia de muchos y valiosísimos trabajos sobre el tema. Tan valiosos que cuando en México, mientras visitaba la Librería Porrúa, en 2001, me encontré con el Diccionario de Mejicanismos de Francisco J. Santamaría, y en él vi el aporte importante que Semántica Guatemalense o Diccionario de Guatemaltequismos, de Lisandro Sandoval, le proveyó a esa obra, sentí la zancadilla final para concretar este trabajo.

Obras como la de Lisandro Sandoval, de Antonio Batres Jáuregui con Vicios del lenguaje —y— Provincialismos de Guatemala; de Daniel Armas con su Diccionario de la expresión popular guatemalteca; Jorge Luis Arriola y sus Pequeño diccionario etimológico de voces guatemaltecas y El libro de las geonimias de Guatemala; además J. Francisco Rubio con el Diccionario de voces usadas en Guatemala, me ayudaron a sentar los mojones. Hay otras que mencionaré en la navegación por este mar de palabras y que también tienen sus méritos. Esas obras que aludí, y recogieron el habla popular de su época, hicieron el milagro de proveer el fervor interior que me llevó a buscar nuevas palabras, para mí, y las no dichas por escrito, o sólo aparecidas en el periódico universitario No Nos Tientes, en los boletines de la Huelga de Dolores de las diversas facultades de la Universidad de San Carlos, en cantinas o en paredes y anónimos; también en entrevistas y conversaciones con amigos, contertulios y gente de las más diversas condiciones sociales, políticas y económicas. En resumidas cuentas, a encontrarme con el más genuino trompabulario que es, quizá, la manera más democrática con la cual nos comunicamos en Guatemala. Debo también destacar la inestimable ayuda que encontré, sobre todo para el repello de la obra, en el Gran Diccionario de Sinónimos de Fernando Corripio y en el Diccionario Ideológico de la Lengua Española, de Julio Casares. Y por supuesto en el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, en su versión digital, y que para los usos de este Trompabulario Chapín denominaré, por facilidad y concreción: DRAE.

Muchos de los vocablos, o entradas como les llaman los lexicógrafos, aparecen en el DRAE; sin embargo, aquí emergen con acepciones distintas o conservan su acepción recta pero con el añadido sabor guatemalteco. Además, las entradas no están solo constituidas por infinitivos (lemas), cuando se trata de verbos, sino también en sus formas conjugadas, plurales o superlativas (formas lematizadas).  También incluyo la fraseología y refranero más usuales (recurso por excelencia de la oralidad,  mediante el cual se enseñaba y a la vez constituía un recurso mnemotécnico para el aprendizaje); sin esos elementos compuestos, la expresión guatemalteca quedaría desfigurada en este humilde Trompabulario Chapín. Torrentes, tanto de las voces como de la palabrería, provienen o son de uso común en otras regiones; algunas conservan sus significados originales, o rectos, y otras lo han subvertido, tergivesado o cambiado. Muchos vienen rodando desde los tiempos medievales, cuando nuestro idioma comenzó a caracterizar su personalidad y a dotarse de gramática y preceptiva. Ese hablar incorporó el refranero bíblico y de otras culturas europeas y asiáticas. No obstante, aquí en Guatemala residen como propias y son parte de nuestro patrimonio lingüístico.

Específicamente, este Trompabulario Chapín es un diccionario de modismos, refranero, fraseología guatemaltecos y otros encantos lingüísticos. Modismos, según los amansaburros, son frases, palabras o manera de hablar propias de una lengua. Avelino Herrero Mayor, en la presentación del Diccionario de Modismos de la Lengua Castellana de Ramón Caballero, dice al respecto: «El modismo es al idioma lo que la sal al guiso: sazona, da sabor y añade regusto.» Los modismos tienen una fuente importante en los estratos menos favorecidos económicamente de la sociedad; es decir, en lo popular y deviene esta modalidad de la oralidad que necesitaba recursos didácticos y mnemotécnicos para preservar la tradición o amonestar y aconsejar. Ya lo decía Enrique Larreta: «la suprema autoridad en materia de idioma, aunque esto parezca una declaración indigna de un escritor, es el pueblo.» Y según Francisco J. Santamaría, «el lenguaje evoluciona o debe evolucionar, conforme cambia, se reduce o se amplía el sentido de una voz, que naciendo como nazca ésta de la boca del pueblo que es soberano en este atributo de crear el idioma, él mismo podrá dar, i de hecho lo vemos i lo oímos dar diariamente, nueva acepción o más preciso o más vago sentido a una expresión; y así, quien desee estar al tanto del verdadero alcance de un jiro del lenguaje popular, deberá seguir esa marcha en el desarrollo del vocablo vulgar o familiar, sobre todo en el vocablo vulgar, más aún en el plebeyo, el cual por razón de su rebeldía a todo sometimiento jerárquico i por virtud de esa audacia propia de la ignorancia, adquiere i sufre caprichosas modificaciones, transformaciones inauditas, que nadie puede explicar i que es mui difícil, cuando no inútil, investigar.»

Respecto al género, las entradas están ordenadas con la puesta, en primer lugar, del género masculino.

La grafía de la entrada se distinguirá utilizando negritas cuando la voz sea unimembre; cuando se trate de una expresión, sobre todo si es extensa, entonces se pondrá en negrita la primera parte, y en blancas la segunda.

Después de la entrada decidí no poner ninguna descripción lingüística, o marca ligüística, como la denominan los lingüistas, salvo las figuras literarias. Tampoco mostraré, en general, la categoría gramatical. Salvo en algunos casos indicaré la diacronía y la diatopía de los términos o entradas.

Como la ortografía, a través de los tiempos ha cambiado, en este Trompabulario mantuve la ortografía original de los textos citados y, por supuesto la sintaxis de las expresiones escuchadas en bares, cantinas, mercados, iglesias, etc.

Para finalizar con esta presentación, espero, con los dedos cruzados, que este recorrido por el habla chapina les sea grato, de utilidad o, por lo menos, de entretenimiento.

Como diría Asturias, casi me se olvida lo siguiente: como esta es una obra humana y, por tanto, perfectible, o destructible, agradeceré sus comentarios, envío de voces usuales no incluidas (mejor si con su respectiva cita), adiciones, enmiendas, acuerdos, desacuerdos y demás colas que le surjan a este humilde Trompabulario chapín. Pueden remitirlas a través del correo electrónico siguiente:

jcanel27@gmail.com

O bien, incluyendo sus comentarios en esta página. Chas gracias.

 

Juan Antonio Canel Cabrera (como decía mi madre: «por aquí y por donde quiera»).

[1] Manuel Seco, El primer nivel: la macroestructura del diccionario, Conferencia dictada en la Fundación Juan March, España, el 8/10/2002.

[2] Íbid.